Este es un cuento mío que salio publicado en la revista Dada mini, gracias al Cacha, un compañero de la facu. Una de las pocas personas que conozco con esa inmensa capacidad de llevar los proyectos de su cabeza volada a la realidad. Gracias.
-Saltemos- dijiste. Y la luna se abrió. Tan plateada y tan filosa. Fue un fin de semana nublado, pero en ese momento la luna brillo. Filosísima. Como nunca antes la había visto.
No conteste. Porque a veces, solo a veces, me tomo un tiempo antes de decir las cosas.
Y mire hacia abajo. Mi vértigo desapareció. Los 30 o 40 metros que nos separaban del suelo se hicieron cortos, chicos, como el resto del mundo. Y es que el mundo se redujo al escaso metro y medio que ocupábamos, tan abrazados, tan enredados como estábamos.
-Saltemos- repetiste. Y yo volví a no contestarte. Mi silencio fue un no, aunque yo quise decir si.
Por ese entonces eras uno de mis tantos tesoros. Esos tesoros pequeños que me dedico a encontrar, adorar, atesorar, manipular, desarmar, morder, perder y volver a encontrar. Todavía lo seguís siendo. Sobre todo cuando me acuerdo de vos, y me doy cuenta de que no estas dentro del cajón de mi mesita de luz.
Me pediste saltar, y aunque fue una propuesta ridícula, la hiciste en serio...
Ahora que lo pienso, deberíamos haberlo hecho. Porque el mundo fue minúsculo y en cambio ahora es inmenso.
El tiempo se convirtió en una basta inmensidad... y no de esas que nos dan libertad. El tiempo es una inmensidad, de las que no manejo del todo bien, aunque tampoco del todo mal.
Y las distancias. Las distancias son tan plásticas, tan duras, tan gélidas. Tan filosas...
La vida sigue su curso, como siempre lo hace. Y aunque sigo viviendo tranquilamente por ahí vuelve a mi cabeza tu voz tiritando del frió, ofreciéndome volar mas allá de lo posible.
Me acuerdo de tu voz y me río. Hago la típica mueca de correr la boca hacia el costado izquierdo y me acuerdo de que seguís suelto por ahí, haciendo vaya a saber que cosas, mientras yo te espero, colgada de una percha y con el corazón dentro de una cajita de plástico.
Estoy segura de que podría encerrarte dentro de mi mesita de luz, pero el aire, así como mis ideas tienen la capacidad de diluirse en el viento.